Los años que siguen al fin de la II Guerra
Mundial cuentan la historia de un pueblo destrozado que intenta reconstruir su
religión, su cultura y su política.
Militares nazis disparan sobre una hilera
de presos judíos en un dramático dibujo infantil de época, recuperado para una
muestra que ahora explora, en París, la vuelta a la vida de los supervivientes
del exterminio.
Menos conocidos por el público que el
Holocausto, los años que siguen al fin de la II Guerra Mundial cuentan la
historia de un pueblo destrozado que intenta reconstruir su religión, su
cultura y su política, como detalla una muy interesante exposición en el
Memorial de la Shoah, («el desastre”, en hebreo).
De los 10 millones de judíos que residían
en Europa antes del conflicto, alrededor de cuatro escaparon al Holocausto
nazi, y cerca de 300 mil de estos pasaron a ser desplazados o refugiados tras
la liberación, detalla Después de la
Shoah, que reúne con mucho acierto más de 250 imágenes, además de documentos,
videos y archivos.
Una «minoría” en el «océano migratorio”
en que se había convertido Europa, donde casi 40 millones de personas
abandonaron su hogar, precisa a la agencia de noticias EFE el comisario de la muestra, Henry Rousso.
De los 60.000 supervivientes de los campos,
un tercio abandonó el Viejo Continente en las semanas posteriores a la
contienda. Entre los que se quedaron, muchos hallaron al regresar a sus países
un clima hostil fundado en la devolución de los bienes usurpados, sobre todo en
Polonia, Hungría y Rumania.
En Alemania, miles de judíos ocuparon -a la
espera de un país de asilo o de emigrar a Israel- campos de tránsito, donde se
mezclaban distintas poblaciones, y las víctimas encontraban en ocasiones a sus
antiguos agresores de un modo terrible.
Con el propósito de proteger a los judíos
se crearon campos exclusivos para ellos, donde iniciaron un vigoroso regreso a
la normalidad. Se casaron e impulsaron un «baby boom”, retomaron negocios
y levantaron escuelas.
El reconocimiento de esta situación
singular del pueblo judío, que facilitó incluso el establecimiento de kibutz
-granjas de modelo colectivo- en suelo europeo, contribuyó asimismo a la
creación del Estado de Israel en 1948 como lo conocemos.
Un esfuerzo de reconstrucción financiado
sobre todo por organizaciones judías, como la Comisión Judío-Estadounidense de
Distribución, que aportó la mayoría de los fondos.
«La solidaridad económica viene
esencialmente del mundo judío, aunque los gobiernos europeos también
contribuyeran”, señala Henry Rousso.
Para recibir estas ayudas públicas,
numerosos afectados tuvieron que demostrar su condición de judíos, a veces a
costa de revivir el drama.
«Había un gran miedo a que entre la
masa de judíos hubiese infiltrados y
prisioneros de guerra”, indica Rousso, que admite las resonancias con el flujo
actual de un millón de refugiados en Europa, según la ONU.
El historiador apunta que los judíos
germanos eran considerados «miembros de un país enemigo: Alemania”.
La posguerra fue también el momento de
hacer justicia.
Frente al mito de la impunidad de los
culpables de los crímenes, la muestra subraya que la cuestión del genocidio fue
abordada. Con un matiz: la particularidad del delito contra los judíos,
exterminados de forma sistemática, que no fue asumida hasta años después, por
una comunidad internacional que tardó en comprometerse. (EFE)
La búsqueda de la verdad histórica
También se juzgó la complicidad -no siempre
voluntaria- de ciertos judíos, uno de los capítulos menos conocidos del
Holocausto.
Frente a la idea del silencio de las
víctimas, se destaca la «calidad” y «cantidad” de testimonios, a
veces recogidos de forma «sistemática” por instituciones consagradas a ese
fin.
Al mismo tiempo, se suceden los homenajes a
los muertos, como el Monumento a los Héroes del Gueto de Varsovia, del que se
expone una maqueta en la muestra.
Junto a ella, objetos como el uniforme de
rayas de un prisionero italiano, libros de rezos impresos en campos de tránsito
y maletas de viaje que ilustran la existencia de los judíos tras 1945, el
eslabón poco explorado entre el Holocausto y el Estado de Israel, con un
mensaje claro al mundo: Nunca más intolerancia y sinrazón.